Paco Roda en Lau Haizetatik
En pocos meses hemos pasado de la felicidad por decreto al desencanto por prescripción facultativa. Al parecer, el tiempo de la prosperidad despótica y del imperativo eufórico ha terminado. La utopía de la abundancia perpetua ha concluido. La crisis económica, esa que unos padecen más que otros, ha liquidado todos los niveles de confianza social y relacional, tanto la horizontal como la vertical. En este momento, muy poca gente, excepto los banqueros, los ricos y muy ricos, la alta clase política, el gran empresariado y los dirigentes de lobbys mediáticos, tiene esperanza en que las cosas cambien. Mucha gente, pese a ser optimista por naturaleza, pese a declararse medianamente feliz, pese a mantener un permanente exorcismo contra el desánimo y mantener muy altas las cotas de confianza en sí mismo, duda que el futuro le depare un mejor escenario. Que sus anhelos y expectativas de cambio se cumplan. En definitiva, que su vida no se vea comprometida a medio o largo plazo ¿Es esto cierto? ¿Es una exageración, un tópico, un recurso fácil de sociólogos aburridos? Quién sabe. Nada hoy puede afirmarse con rotundidad pero tampoco nada dejarse a la libre explicación del relativismo fascista. Lo cierto es que hoy han aumentado los hogares en los que se vive peor que hace unos años. Y no es menos cierto que el desaliento constante forma parte de la vida de millones de personas. Sin ir más lejos, mire usted a sus vecinos o acuérdese de algunos conocidos. (más…)








